El bullying suele nombrarse con rapidez. Se lo reconoce en la escena escolar, en la repetición de burlas, en la violencia que se dirige siempre hacia el mismo. Se lo describe, se lo mide, se lo sanciona. Y, sin embargo, algo de ese fenómeno insiste más allá de cualquier intento de regulación. Como ocurre con otros malestares contemporáneos, el riesgo es creer que al nombrarlo ya lo comprendemos.
Desde los discursos pedagógicos y sociales, el bullying aparece como un problema de conducta: un niño que agrede, otro que padece, un grupo que observa. Esta lectura organiza intervenciones necesarias; normas, protocolos, sanciones, pero deja en sombra una pregunta que el psicoanálisis no puede eludir ¿Qué se juega allí para cada sujeto?
Este artículo profundiza en la problemática del Bullying con la intención de comprender qué sucede para qué siga siendo una problemática común. Queremos recordar que si te sientes identificado con la problemática descrita en este artículo en Psicoafirma, estamos a tu disposición para ayudarte. Somos un equipo de psicólogos y psiquiatras, en Madrid Arganzuela. Contacta con nosotros.

La lectura psicoanalítica
El psicoanálisis afirma que el acto nunca es solo un acto. Allí donde alguien golpea, humilla o excluye, no hay únicamente una conducta desviada, sino una forma, a menudo fallida, de tramitar algo que no encuentra lugar en la palabra. El bullying, en este sentido, puede leerse como una escena donde lo no simbolizado irrumpe en lo real del vínculo con el otro.
No se trata entonces de oponer una explicación “psicológica” a una “social”, sino de introducir otra dimensión: la del sujeto del inconsciente. Esto implica dejar de pensar al agresor y a la víctima como identidades fijas y comenzar a interrogarlos como posiciones dentro de una trama. ¿Qué función cumple ese otro sobre el que recae la violencia? ¿Qué sostiene, para el agresor, la repetición del acto? ¿Por qué ciertos sujetos quedan más expuestos a ocupar ese lugar?
Estas preguntas no buscan diluir la responsabilidad ni relativizar la violencia. Más bien apuntan a desplazar la mirada: del hecho observable a su lógica. Porque el bullying, leído desde el psicoanálisis, no es solo un problema a erradicar, sino también un síntoma a descifrar. Y como todo síntoma, dice algo, aunque lo diga mal, sobre la relación del sujeto con el otro, con la ley y con su propia angustia.
¿Corregir un comportamiento o resolver un conflicto?
Quizás ahí radique el límite de las respuestas exclusivamente normativas. Allí donde solo se intenta corregir el comportamiento, algo del conflicto permanece intacto, a la espera de nuevas formas de manifestarse. Introducir la palabra, abrir un espacio para que algo de lo que se actúa pueda ser dicho, no elimina el problema de inmediato, pero modifica su estatuto: lo desplaza del acto a la posibilidad de elaboración.
Pensar el bullying de este modo no lo vuelve menos urgente. Al contrario. Lo sitúa en un punto más complejo, donde ya no alcanza con intervenir sobre lo visible. Porque, en definitiva, lo que allí se juega no es solo la violencia entre niños, sino la manera en que cada uno encuentra, o no, un lugar en el lazo con los otros.
La latencia: el tiempo silencioso donde emerge el bullying
Entre la infancia temprana y la pubertad se abre un período particular que el psicoanálisis ha denominado latencia. Un tiempo que, en apariencia, se presenta como una pausa: el cuerpo se aquieta y el interés se desplaza hacia el aprendizaje, las normas y el mundo social. Sin embargo, lejos de ser un simple intervalo de calma, la latencia constituye un momento decisivo en la estructuración psíquica.
Es en este período donde el niño comienza a inscribirse con mayor fuerza en el lazo social. La escuela, los pares y las reglas colectivas adquieren una centralidad inédita. Ya no se trata únicamente del vínculo con las figuras parentales, sino de la confrontación con otros semejantes: compañeros con los que identificarse, competir, rivalizar o excluir. En este escenario, la agresividad (que no desaparece, sino que se transforma) busca nuevas vías de expresión.
El psicoanálisis sitúa aquí un punto clave: durante la latencia, el sujeto se encuentra en proceso de aprender a tramitar sus impulsos dentro de los límites que impone la ley simbólica. Es el tiempo de consolidación del superyó, una instancia que en psicoanálisis implica la internalización de normas y la construcción de una moral que permita regular la relación con los otros. Pero este proceso no es automático ni homogéneo. Allí donde la mediación simbólica resulta insuficiente, la agresividad puede no encontrar otro destino que el acto.
Una respuesta a las exigencias propias del momento evolutivo: algo más que un mal comportamiento
El bullying emerge, entonces, en este contexto específico. No como un fenómeno aislado, sino como una forma de respuesta frente a las exigencias propias de este momento estructural. Cuando el niño no logra inscribir su agresividad en el juego, en la palabra o en la norma compartida, esta puede reaparecer en formas más crudas: la humillación, la exclusión, la violencia reiterada sobre un otro.
Pensar el bullying desde la latencia permite desplazar la idea de que se trata simplemente de un problema de “mal comportamiento”. Más bien, lo sitúa como un indicador de algo que no ha terminado de organizarse en la vida psíquica del niño. No todos los sujetos atraviesan este período del mismo modo, y es precisamente en esas diferencias donde pueden leerse las condiciones que favorecen o limitan la emergencia de estas dinámicas.
Así, la latencia no es solo el telón de fondo del bullying, sino su condición de posibilidad. Un tiempo en el que el sujeto se enfrenta al desafío de encontrar un lugar entre otros, y en el que la agresividad, si no logra ser simbolizada, puede tomar la vía más directa: la del acto sobre el semejante.
La agresividad y las pulsiones: lo que el bullying pone en acto
Hablar de bullying en términos de agresividad puede parecer una obviedad. Sin embargo, el psicoanálisis introduce aquí una torsión fundamental: la agresividad no es un accidente ni una desviación ocasional, sino una dimensión constitutiva de la vida psíquica. No se trata de eliminarla (algo imposible), sino de comprender cómo se inscribe, se transforma o, en ciertos casos, se desborda.
Desde la teoría freudiana, la agresividad se articula con la pulsión de muerte, esa tendencia que empuja al sujeto más allá del principio de placer, hacia la destrucción, la repetición y la descarga. Esta pulsión no opera de manera aislada, sino en tensión con las fuerzas que sostienen la vida y el lazo con los otros. En ese equilibrio inestable se juega, en gran medida, la posibilidad de convivencia.
El bullying puede pensarse, entonces, como uno de los modos en que esta agresividad encuentra salida cuando no ha sido suficientemente tramitada por la vía simbólica. En lugar de inscribirse en la palabra, en el juego o en formas socialmente mediadas, irrumpe en el acto: golpear, humillar, excluir. El otro deja de ser un semejante para convertirse en soporte de una descarga.
La tendencia a dominar: pulsión de apoderamiento
A esta dimensión se suma lo que Freud llamó la pulsión de apoderamiento: la tendencia a dominar, controlar o someter al otro. En el bullying, esta lógica se hace evidente. No se trata únicamente de hacer daño, sino de ocupar una posición de poder que asegure cierta consistencia subjetiva. El agresor no solo hiere; necesita que el otro quede reducido a objeto para sostener, aunque sea momentáneamente, su propia estabilidad.
Leído de este modo, el bullying no responde simplemente a una intención consciente de dañar, sino a una economía psíquica donde la agresividad no ha encontrado otros destinos posibles. Allí donde falla la mediación de la ley, donde la palabra no alcanza a nombrar lo que insiste, el acto aparece como una solución precaria pero eficaz en el corto plazo.
Pensar la agresividad en estos términos no implica justificar la violencia, sino situarla en un campo más amplio. Permite entender que el problema no radica en la existencia de la pulsión, sino en los modos en que el sujeto logra, o no, transformarla. Porque es precisamente en esa transformación, en ese pasaje de la pulsión al lazo, donde se juega la posibilidad de que el otro deje de ser un blanco y pueda devenir verdaderamente un semejante.
La posición del agresor: más allá de la figura del “fuerte”
En las lecturas más habituales del bullying, el agresor suele aparecer como una figura clara: alguien fuerte, dominante, incluso seguro de sí mismo, que impone su poder sobre otros. Sin embargo, el psicoanálisis introduce una mirada menos evidente y más incómoda: la de un sujeto cuya aparente consistencia puede sostenerse, precisamente, en la necesidad de ejercer ese dominio.
Lejos de encarnar una fortaleza plena, el agresor puede ocupar una posición marcada por cierta fragilidad psíquica. La violencia no surge aquí como simple expresión de poder, sino como un recurso para sostenerlo. En este sentido, el acto agresivo cumple una función: intentar estabilizar algo que, a nivel interno, resulta inestable. El dominio sobre el otro aparece entonces como una forma de evitar el encuentro con la propia angustia.
Desde esta perspectiva, el otro (la víctima) no es reconocido en su condición de semejante, sino reducido a objeto. Un objeto que puede ser manipulado, humillado o excluido, y que cumple una función específica: servir de soporte para la afirmación narcisista del agresor. No se trata solo de hacer daño, sino de ocupar un lugar, de asegurarse una posición en el grupo, de sostener una imagen de sí.
Tramitar la agresividad, para evitar actuarla
Aquí se vuelve central una cuestión: la dificultad para tramitar la agresividad a través de la palabra y de los límites simbólicos. Cuando la ley no opera como mediadora, ya sea por fallas en su internalización o en su transmisión, el sujeto puede recurrir directamente al acto. La violencia aparece entonces no como exceso gratuito, sino como una solución precaria frente a la imposibilidad de simbolizar.
Pensar la posición del agresor de este modo no implica eximirlo de responsabilidad, sino complejizar su lectura. Permite salir de la simplificación que lo ubica únicamente como “culpable” para interrogar qué se juega en esa insistencia del acto. Porque, en definitiva, lo que el bullying pone en escena no es solo una relación de poder, sino una dificultad más profunda: la de sostener un lugar en el lazo con los otros sin recurrir a la violencia.

La posición de la víctima: el lugar donde la violencia insiste
En el abordaje del bullying, la figura de la víctima suele quedar asociada a una idea de fragilidad evidente: alguien más débil, más retraído o con menor capacidad de defensa. Sin embargo, el psicoanálisis propone una lectura más compleja, que no se detiene únicamente en las características visibles, sino que interroga la posición subjetiva que el sujeto ocupa en esa escena.
Esto implica, ante todo, un cuidado: pensar la posición de la víctima no es responsabilizarla por la violencia que padece. La agresión nunca se justifica. Pero sí abre una pregunta necesaria: ¿por qué ciertos sujetos quedan más expuestos a ocupar, de manera reiterada, ese lugar?
Desde esta perspectiva, la víctima puede presentar dificultades en la afirmación de sí, en la posibilidad de sostener su palabra o de marcar un límite frente al otro. En algunos casos, se trata de sujetos que ocupan posiciones más pasivas en el lazo, lo que puede favorecer que sean captados por dinámicas donde la agresividad del otro encuentra un blanco disponible. No se trata de una elección consciente, sino de una forma de estar en relación que se ha ido configurando en la historia del sujeto.
Una cosa de dos: agresor y víctima
El bullying, entonces, no se sostiene únicamente por la acción del agresor, sino por una cierta complementariedad inconsciente entre posiciones. Allí donde uno impone, el otro queda fijado en el lugar de quien soporta. Esta relación no es simétrica, pero sí estructural: ambos polos participan de una escena que se repite y se refuerza.
Además, la víctima no solo padece la violencia externa, sino también sus efectos internos: la angustia, la inhibición, el silenciamiento. Muchas veces, lo que se juega no logra ponerse en palabras, y el sufrimiento queda encapsulado, reforzando la dificultad para salir de esa posición.
Pensar la víctima desde el psicoanálisis permite, entonces, abrir una vía distinta de intervención. No se trata solo de protegerla, lo cual es indispensable, sino también de ofrecerle un espacio donde pueda construir otra posición, donde su palabra tenga lugar y donde pueda reconfigurar su modo de estar con los otros.
Porque, en definitiva, lo que está en juego no es solo detener la violencia, sino posibilitar que ese sujeto deje de quedar fijado en el lugar donde la violencia insiste.
La institución escolar: entre la ley y su debilitamiento
El bullying no se produce en el vacío. Tiene lugar, de manera privilegiada, en la institución escolar: ese espacio donde el niño se confronta con normas, autoridades y pares, y donde se juega buena parte de su inserción en el lazo social. Desde el psicoanálisis, la escuela no es solo un escenario donde ocurren los hechos, sino un actor fundamental en la manera en que estos se organizan y se sostienen.
Uno de los puntos clave que se señalan es el lugar de la autoridad simbólica. Tradicionalmente, la escuela funcionaba como transmisora de una ley que excedía a los individuos: reglas que no dependían del capricho personal, sino que estructuraban la convivencia. Esta autoridad no se reduce al ejercicio del poder, sino que opera como mediadora, permitiendo que los conflictos se tramiten dentro de ciertos límites.
Sin embargo, en muchos contextos actuales, esta función aparece debilitada. Las dificultades para sostener normas claras, el temor a ejercer autoridad o la deslegitimación de las figuras docentes pueden generar un vacío. Y allí donde la ley simbólica no logra operar con eficacia, emergen otras formas de regulación, muchas veces más crudas.
Una forma distinta de regulación: el bullying
El bullying puede leerse, en este sentido, como una de esas formas. Cuando no hay un marco que ordene las relaciones, los propios alumnos tienden a organizar jerarquías por otros medios: la fuerza, la intimidación, la exclusión. La violencia deja de ser una excepción para convertirse en un modo de establecer posiciones dentro del grupo.
Esto no implica responsabilizar únicamente a la escuela, pero sí reconocer su papel estructurante. La institución puede favorecer o limitar la emergencia de estas dinámicas según cómo logre sostener su función. Allí donde hay una ley que se transmite y se encarna, la agresividad encuentra mayores posibilidades de ser tramitada simbólicamente.
Pensar la escuela desde esta perspectiva abre una vía de intervención que va más allá de protocolos y sanciones. Se trata de restituir un lugar para la autoridad, no como imposición arbitraria, sino como referencia que ordena, que introduce límites y que hace posible un lazo con el otro que no esté regido por la violencia.
Porque, en definitiva, cuando la ley se debilita, no desaparece el conflicto: cambia su forma. Y en ese pasaje, el bullying puede volverse una de sus expresiones más visibles.
¿Reconoces alguna de estas dinámicas de relación en tu entorno más cercano? ¿Tienes un hijo que sufre bullying y no sabes cómo ayudarlo? ¿Trabajas en un colegio y encuentras dificultades a la hora de enfrentar las problemáticas de bullying?
Si te sientes identificado con la problemática descrita en este artículo, pero no logras gestionarla, contacta con nosotros. En Psicoafirma, estamos a tu disposición para ayudarte, somos un equipo de psicólogos y psiquiatras, en Madrid Arganzuela.
Escrito por: Rocío Mallo, Psicóloga y Psicoterapeuta. Equipo Clínico de Psicoafirma.
Bibliografía
Caro, L. I. (síntesis). El bullying en la latencia: una mirada psicoanalítica.
Revista El Psicoanálisis.
Pirillo, E. (2014). Bullying: Algunas consideraciones psicoanalíticas de su acontecer.
Revista Perspectivas en Psicología.

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