En la práctica clínica, los psicólogos trabajamos con el sufrimiento y el dolor de las personas. El dolor psíquico, dolor emocional, pero ¿Qué hay del dolor físico? ¿está relacionado con el dolor psíquico? ¿Qué duele cuándo la medicina no tiene respuestas? Cuerpo y mente convergen en un engranaje que mueve al ser humano en su totalidad. En el presente artículo se hace una descripción de este fenómeno con la intención de ampliar la comprensión del sufrimiento humano. Como clínicos deseamos seguir acompañando a quienes sufren promoviendo un mayor bienestar físico y mental.
Una experiencia universal, un enigma singular.
El dolor físico es una de las experiencias más universales y, a la vez, más misteriosas del ser humano. Todos lo conocemos, pero nadie puede sentir el dolor del otro. Puede ser punzante o sordo, localizado o difuso, pasajero o crónico. Sin embargo, lo que lo define no es sólo su intensidad, sino su significación subjetiva: el modo en que cada persona lo vive, lo interpreta y lo simboliza.
Desde la perspectiva médica, el dolor se define como una señal de alerta del sistema nervioso ante un daño o amenaza. Pero en la clínica psicológica sabemos que el dolor no se agota en lo biológico. Hay dolores sin lesión aparente, síntomas que persisten tras la curación del cuerpo, o malestares que migran de una zona a otra del organismo sin explicación médica clara. En esos casos, el cuerpo parece hablar un idioma propio: un lenguaje que la mente traduce en sufrimiento físico cuando las palabras no alcanzan.
El dolor, entonces, no es sólo un fenómeno fisiológico, sino también una experiencia psíquica y simbólica. En él se entrelazan la biología, la emoción, la historia personal y la relación con los otros. Comprenderlo exige pensar el cuerpo no como máquina, sino como territorio habitado por significaciones.
El cuerpo que siente y el cuerpo que significa.
El avance de las neurociencias ha permitido comprender mejor los mecanismos del dolor: la activación de nociceptores, las vías neuronales que transmiten la señal, las regiones corticales implicadas (como la ínsula y el cíngulo anterior), y la influencia de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina.
Sin embargo, incluso desde una perspectiva neuropsicológica, el dolor no puede explicarse sólo como un proceso neuronal. La percepción del dolor depende de factores emocionales, cognitivos y sociales: el estado de ánimo, las creencias sobre la enfermedad, el apoyo social o el contexto cultural.
En psicología clínica se habla del modelo biopsicosocial del dolor, que reconoce la interacción entre cuerpo, mente y entorno. Así, dos personas con la misma lesión pueden experimentar grados muy distintos de sufrimiento, según su historia emocional o su red de apoyo.
Desde el psicoanálisis, este principio adquiere una dimensión más profunda. Freud ya advertía, en sus primeros estudios sobre la histeria, que el cuerpo podía ser escenario de conflictos inconscientes: una conversión simbólica donde la palabra reprimida se transforma en síntoma físico. Lo que el sujeto no puede decir, el cuerpo lo actúa.
El dolor físico puede ser, por tanto, una formación de compromiso: el resultado de una tensión entre lo reprimido y la necesidad de expresión. Es una forma en que el inconsciente “inscribe” algo en el cuerpo, una letra escrita en la carne. En palabras de Pierre Marty, pionero de la escuela psicosomática francesa, “el cuerpo asume la carga de lo que la mente no logra elaborar”.
Del síntoma médico al síntoma psíquico.
En la práctica clínica, el dolor físico suele presentarse en un punto de cruce entre la medicina y la psicología. Muchos pacientes llegan a consulta tras largos recorridos médicos, exámenes con resultados normales y diagnósticos inciertos. Dicen: “Me duele, pero no saben por qué”.
En estos casos, más que buscar una causa anatómica, el trabajo psicológico invita a preguntarse por el sentido del síntoma.
- ¿Qué representa ese dolor?
- ¿Qué aparece o se silencia cuando emerge?
- ¿Qué cambio o pérdida coincide con su aparición?
La exploración del síntoma no busca invalidar lo orgánico, sino ampliar la comprensión del sufrimiento. A veces, el dolor surge como una defensa: un modo inconsciente de evitar una angustia más profunda. Otras veces, se convierte en una forma de identidad (“soy mi dolor”), especialmente cuando el cuerpo enfermo ofrece un lugar simbólico frente a un vacío existencial.
El psicoanálisis nos enseña que todo síntoma tiene una función, y que su desaparición sin comprensión puede generar otros equivalentes. El objetivo terapéutico no es simplemente eliminar el dolor, sino escuchar su mensaje.
Dolor, trauma y memoria del cuerpo.
El cuerpo no olvida. Numerosas investigaciones han demostrado que experiencias traumáticas pueden dejar huellas somáticas duraderas. En el trauma psicológico, el sistema nervioso puede permanecer hiperactivado, generando hipersensibilidad al dolor, tensión muscular crónica o alteraciones inmunológicas.
Desde el psicoanálisis, se entiende que el trauma implica un exceso de excitación que no pudo ser simbolizado; algo que irrumpe sin sentido y queda “atascado” en el cuerpo. El dolor puede ser, entonces, una forma de retorno de esa excitación no elaborada.
En la clínica psicosomática, este fenómeno se describe como fallo de simbolización: el aparato psíquico no logra transformar la emoción en representación, y la descarga ocurre en lo somático. No se trata de “imaginación” ni de “simulación”, sino de una economía psíquica distinta, donde el cuerpo se convierte en el escenario de lo indecible.
Autoras contemporáneas como Joyce McDougall hablaron de “teatro del cuerpo”: el cuerpo que dramatiza lo que el psiquismo no puede representar. En esos casos, la intervención terapéutica busca restituir el vínculo entre palabra y cuerpo, entre emoción y simbolización, para que el dolor deje de ser el único lenguaje posible.
El dolor crónico y la subjetividad del sufrimiento.
El dolor crónico constituye uno de los mayores desafíos clínicos actuales. Según la OMS, afecta a alrededor del 20% de la población mundial, generando discapacidad, aislamiento y depresión.
Desde el punto de vista psicológico, la cronificación del dolor no depende sólo de la persistencia del daño físico, sino también de factores emocionales y cognitivos: el miedo al movimiento, la catastrofización “nunca se me irá”, la atención hipervigilante al cuerpo o la identificación con el rol de enfermo.
En el terreno psicoanalítico, el dolor crónico plantea un enigma: ¿qué mantiene vivo el síntoma cuando ya no hay lesión? A veces, el dolor ocupa un lugar en la economía psíquica que resulta difícil de abandonar. Puede ofrecer un sentido, una constancia, incluso una forma de existencia: “mientras me duele, sé que existo”.
El dolor puede convertirse así en una metáfora de la falta, del vacío simbólico, o en un modo de relación con el Otro: reclamar cuidado, atención o amor. Por ello, su abordaje requiere escuchar no sólo al cuerpo que sufre, sino también a la subjetividad que lo habita.

Enfoques psicoterapéuticos contemporáneos: el abordaje interdisciplinar.
El tratamiento del dolor físico requiere un abordaje interdisciplinar. Médicos, fisioterapeutas, psicólogos y psiquiatras deben trabajar de manera conjunta. En el campo de la psicología, los modelos más eficaces integran tanto la comprensión simbólica del síntoma como las estrategias de regulación emocional.
Desde la psicología clínica, las terapias cognitivo-conductuales han mostrado eficacia en el manejo del dolor crónico, al modificar pensamientos disfuncionales y promover conductas adaptativas. Técnicas de mindfulness, relajación y aceptación ayudan a reducir la hiperactivación fisiológica y la rumiación.
Desde el psicoanálisis, la eficacia de la intervención surge cuando se pone el énfasis en el sentido subjetivo del dolor: explorar su historia, su función y su inscripción en la vida del paciente. Se trata de abrir un espacio donde el dolor pueda ser dicho, transformando lo que antes se expresaba en el cuerpo en palabra. Como señala Christophe Dejours, “no se trata de suprimir el síntoma, sino de restituir al sujeto la posibilidad de pensarse más allá de él”.
Ambas perspectivas pueden dialogar. El trabajo psicológico con dolor físico no puede limitarse a técnicas de control del síntoma, ni tampoco ignorar el cuerpo en nombre de la palabra. Se trata de integrar cuerpo y mente, articulando la comprensión simbólica con recursos concretos de afrontamiento.
Dolor, vínculo y cultura contemporánea.
En la actualidad, el dolor también se inscribe en un contexto cultural que condiciona su vivencia. Vivimos en una sociedad que glorifica la productividad y desprecia la fragilidad. “No parar” se ha vuelto un mandato ante el cual el cuerpo que duele es percibido como obstáculo o fracaso. Este ideal de rendimiento perpetuo tiene un coste psíquico: reprime la escucha del cuerpo y fomenta la desconexión emocional.
Muchos dolores contemporáneos, cervicalgias, migrañas, fatiga crónica, se relacionan con un modo de vida que exige sostenerse más allá de los propios límites. En ese contexto, el dolor puede funcionar como un freno inconsciente: el cuerpo dice “basta” cuando la mente no puede hacerlo.
El aislamiento y la hiperconexión digital también afectan. La exposición constante a pantallas, el estrés laboral y la precariedad emocional generan cuerpos tensos, vigilados, sin descanso. El dolor puede entonces convertirse en el único modo de sentir algo propio, una especie de anclaje en un mundo que exige anestesia afectiva.
Desde la clínica, se observa que el dolor físico se entrelaza con el vínculo social: no sólo duele el cuerpo, también duelen las pérdidas, la soledad, la falta de mirada del otro. El sufrimiento corporal puede ser una forma de restablecer la presencia de un otro cuidador, de reclamar un lugar en el lazo. En términos lacanianos, el dolor puede pensarse como un intento fallido de reinscribir el deseo en un campo simbólico que se ha debilitado.
La escucha del cuerpo: ejemplos clínicos.
Un ejemplo frecuente es el de personas que, tras un duelo o ruptura, comienzan a experimentar dolores musculares o digestivos persistentes. En apariencia, se trata de síntomas médicos leves, pero que adquieren una función psíquica precisa: retener el afecto que no puede ser expresado.
Otra situación común es la de pacientes con fibromialgia o dolor difuso. Su cuerpo se vuelve un territorio saturado de sensaciones, pero vacío de significados. El trabajo terapéutico, en estos casos, busca recuperar la capacidad de narrar la propia experiencia, de poner en palabras el sufrimiento. El alivio no llega solo por entender, sino por reconstruir una continuidad entre cuerpo, palabra y afecto.
La clínica del dolor exige paciencia y respeto: no hay respuestas rápidas ni interpretaciones automáticas. Escuchar el cuerpo es un proceso lento, que implica reconocer lo que se niega, aceptar la vulnerabilidad y transformar el síntoma en relato.
Factores emocionales y contextuales.
El dolor físico no ocurre en el vacío. Está profundamente influido por factores emocionales y sociales. El estrés, la ansiedad y la depresión pueden amplificar la percepción dolorosa mediante mecanismos neuroendocrinos y cognitivos.
Además, el entorno cultural determina cómo se vive y se expresa el dolor. En algunas culturas se valora la resistencia silenciosa; en otras, la expresión abierta del sufrimiento. Las diferencias de género también son relevantes: las mujeres tienden a reportar mayor intensidad de dolor, probablemente por diferencias tanto biológicas como sociales en la expresión emocional.
El dolor también puede adquirir significados morales o identitarios. Para algunas personas, representa sacrificio, culpa o expiación; para otras, una prueba de fortaleza o una vía de reconocimiento. La clínica debe atender estos significados sin reducirlos a explicaciones simplistas.
El cuerpo como territorio del inconsciente.
El psicoanálisis nos invita a pensar que el cuerpo no es sólo biología, sino también escena de la palabra inconsciente. Freud describió el síntoma histérico como una “metáfora” corporal: un discurso cifrado donde lo reprimido se manifiesta en forma somática.
Jacques Lacan profundizó esta idea al afirmar que “el cuerpo sólo existe en la medida en que está habitado por el lenguaje”. En esta línea, el dolor puede entenderse como un significante encarnado, una forma de escritura del inconsciente sobre el cuerpo.
En la clínica, esto implica escuchar el dolor no sólo como sensación, sino como discurso. No hay que interpretarlo de inmediato, sino ofrecer al paciente la posibilidad de poner en palabras su experiencia corporal. A menudo, el alivio aparece no por la eliminación del síntoma, sino por la integración del significado que antes estaba disociado.
La dimensión ética del acompañamiento: un espacio psicoanalítico.
El dolor físico confronta al terapeuta con un límite: el del cuerpo que no se puede curar del todo. Escuchar el dolor sin intentar negarlo o resolverlo rápidamente requiere una posición ética. El terapeuta no es un “apagador de síntomas”, sino un acompañante del sufrimiento.
El espacio analítico o terapéutico ofrece algo que la medicina no siempre puede: una escucha del sujeto del dolor, no sólo del dolor del sujeto. En esa diferencia se juega la posibilidad de subjetivar el sufrimiento, de pasar del “me duele” al “sé qué me duele”.
El trabajo clínico con el dolor exige sostener la ambigüedad: aceptar que el dolor puede tener causas médicas, emocionales y simbólicas al mismo tiempo. No hay una única verdad, sino múltiples capas de sentido que deben ser reconocidas.
Escuchar el cuerpo: un camino hacia la integración.
El cuerpo, cuando duele, nos detiene. Interrumpe el automatismo, el ritmo acelerado, la negación de los límites. En cierto modo, el dolor puede ser leído como una llamada del sujeto a sí mismo: un intento de reencontrar una unidad perdida entre lo físico y lo psíquico.
En nuestra cultura, obsesionada con el rendimiento, la juventud y la productividad, el dolor se vive como un fracaso o una molestia que hay que eliminar cuanto antes. Pero también puede ser una oportunidad para reconectar con lo humano, con la vulnerabilidad y la necesidad de cuidado.
En terapia, escuchar el cuerpo es escuchar la historia que lo habita: las palabras no dichas, las pérdidas, los duelos, los deseos negados. El dolor, entonces, deja de ser un enemigo para convertirse en un testigo. No hay que glorificarlo ni negarlo, sino darle un lugar simbólico donde pueda transformarse.
Una experiencia compleja, el dolor físico.
El dolor físico es una experiencia compleja que atraviesa la frontera entre cuerpo y mente. No pertenece sólo a la biología ni sólo al inconsciente, sino al territorio donde ambos se encuentran.
Desde el psicoanálisis, se lo entiende como una escritura del conflicto psíquico; desde la psicología, como un fenómeno multidimensional influido por emociones, cogniciones y contexto social. Integrar ambos enfoques permite una comprensión más humana y más eficaz del sufrimiento corporal.
Escuchar el dolor no es ceder ante él, sino abrir un espacio donde pueda adquirir sentido. Allí donde el cuerpo hablaba solo, la palabra puede volver a decir. Y en ese gesto, tan simple y tan difícil, se juega una de las tareas más profundas de la psicología clínica: ayudar a que el sujeto recupere su voz allí donde el cuerpo gritaba en silencio.
Escrito por: Rocío Mallo, Psicóloga y Psicoterapeuta del Equipo Clínico de Psicoafirma.
Bibliografía.
Freud, S. (1895/1996). Estudios sobre la histeria. Obras completas, Vol. II. Buenos Aires: Amorrortu.
McDougall, J. (1989). Teatros del cuerpo. Buenos Aires: Paidós.
Dejours, C. (2002). Trabajo y desgaste mental. Buenos Aires: Topía.

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