En el siguiente artículo se reflexiona sobre el poder y la subjetividad: entre disciplina, acción colectiva y deseo. Tomando las teorías de autores que estudiaron en profundidad la cuestión del poder abrimos un espacio de saber y diálogo con el objetivo de esclarecer ¿Qué hacer frente al poder? ¿Es posible pensar el poder para no ser gobernado sin saberlo?
Diez ideas clave del artículo:
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El poder atraviesa toda la existencia humana.
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El poder no es únicamente soberanía o dominación.
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Foucault entiende el poder como una red productiva en lo cotidiano.
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La disciplina fabrica “cuerpos dóciles”.
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El panoptismo, la vigilancia interiorizada.
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Poder y saber forman regímenes de verdad.
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Arendt concibe el poder como acción colectiva.
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La violencia aparece donde el poder se debilita, H. Arendt.
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El totalitarismo busca el control absoluto de la vida.
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El psicoanálisis muestra el poder inscrito en el deseo.
Foucault, Arendt y el psicoanálisis en diálogo.
Hablar del poder es hablar de una de las fuerzas más decisivas que atraviesan la existencia humana. El poder organiza las sociedades, sostiene instituciones, regula vínculos y define aquello que una cultura considera legítimo o normal. Pero también opera de manera más íntima: estructura identidades, produce subjetividades y moldea la forma en que cada individuo se relaciona consigo mismo.
Durante mucho tiempo, el poder fue entendido de manera restringida: como dominación ejercida desde una autoridad soberana; un Estado, un monarca, un gobierno, capaz de imponer leyes y castigos. Sin embargo, el pensamiento contemporáneo ha mostrado que esta visión es insuficiente. El poder no es solo prohibición ni violencia: es también producción, relación, discurso y deseo.
Michel Foucault, Hannah Arendt y el psicoanálisis ofrecen tres perspectivas fundamentales para pensar el poder en su complejidad. En conjunto, permiten comprender que el poder no solo se ejerce sobre los cuerpos, sino también sobre las palabras, las normas, la vida psíquica y el modo en que un sujeto llega a ser sujeto.
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Más allá del poder como soberanía.
La concepción clásica del poder se apoya en el modelo jurídico: alguien manda y otros obedecen; alguien posee autoridad y otros están sometidos. El poder aparece entonces como algo centralizado y visible.
Pero este modelo se vuelve insuficiente en las sociedades modernas, donde el control no siempre adopta la forma explícita de la coerción. Muchas veces el poder no se impone desde afuera: se interioriza, se naturaliza, se vuelve parte de lo cotidiano.
Aquí comienza el giro foucaultiano: el poder no está únicamente en el Estado, sino en las prácticas sociales que organizan la vida.
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Michel Foucault: el poder como red productiva.
Michel Foucault transformó profundamente el pensamiento contemporáneo al afirmar que el poder no es simplemente una fuerza que se ejerce desde arriba hacia abajo. Para él, el poder no está concentrado únicamente en el Estado o en un soberano. No se localiza únicamente en una institución central, sino que atraviesa todo el cuerpo social: es una relación que circula.
Es de este modo que el poder está en todas partes porque viene de todas partes.
Esto significa que el poder no opera solo desde arriba hacia abajo, sino de manera capilar, microscópica, cotidiana. Se manifiesta en instituciones como la escuela, el hospital, la prisión, la fábrica, los discursos científicos y médicos.
Foucault denomina a esta lógica “microfísica del poder”: una forma de control que no se limita a reprimir, sino que produce sujetos adaptados a ciertas normas.
2.1. La disciplina: fabricar cuerpos útiles.
Michel Foucault desarrolla la idea de la disciplina como una forma de poder característica de la modernidad, cuyo objetivo principal es producir “cuerpos dóciles”. Con esta expresión se refiere a cuerpos que pueden ser controlados, entrenados y utilizados de manera eficiente dentro de instituciones como la escuela, el ejército, la fábrica o la prisión. La disciplina no actúa únicamente a través de la violencia directa, sino mediante técnicas sutiles de vigilancia, normalización y corrección.
Para Foucault, el poder disciplinario se ejerce sobre los gestos, los tiempos y los movimientos del individuo. Se organiza el espacio, se regulan los horarios y se imponen rutinas que transforman al sujeto en alguien útil y obediente. Un ejemplo central es el panóptico, modelo arquitectónico que simboliza la vigilancia constante: aunque no siempre haya un vigilante presente, el individuo interioriza la mirada del poder y se autocontrola.
Así, la disciplina no solo reprime, sino que produce subjetividades. Los cuerpos dóciles son el resultado de un poder que moldea comportamientos y define lo “normal”. En este sentido, Foucault muestra cómo el control social opera a través de prácticas cotidianas que parecen naturales, pero responden a estructuras históricas de dominación.

2.2. Panoptismo: la vigilancia interiorizada, M. Foucault.
El panoptismo es un concepto desarrollado por Michel Foucault en Vigilar y castigar para describir una forma moderna de poder basada en la vigilancia permanente e interiorizada. Foucault toma como modelo el Panóptico, un diseño arquitectónico propuesto por Jeremy Bentham para las prisiones: una estructura circular donde un vigilante, ubicado en una torre central, puede observar a todos los prisioneros sin ser visto. Lo esencial de este mecanismo no es la violencia directa, sino la posibilidad constante de ser observado.
El panoptismo funciona porque induce en los individuos un estado de autocontrol. Como el sujeto nunca sabe cuándo está siendo vigilado, termina comportándose como si siempre lo estuviera. De este modo, el poder se vuelve más eficaz: no necesita castigar continuamente, porque logra que la norma sea interiorizada.
El poder más eficaz es aquel que logra que el individuo se controle a sí mismo.
Foucault sostiene que este modelo se extiende más allá de la prisión y caracteriza a las sociedades modernas. Escuelas, hospitales, fábricas y otras instituciones operan mediante técnicas de examen, clasificación y vigilancia que producen sujetos disciplinados. El panoptismo, por tanto, no solo reprime, sino que fabrica subjetividades, convirtiéndose en una de las formas centrales del poder contemporáneo.
2.3. Poder y saber: regímenes de verdad.
El poder no solo reprime: produce realidad.
Michel Foucault desarrolló la idea de que el poder y el saber están profundamente entrelazados, hasta el punto de que no pueden entenderse como realidades separadas. Para él, no existe un conocimiento neutral o puramente objetivo, porque toda producción de saber está atravesada por relaciones de poder. Del mismo modo, el poder no se limita a prohibir o reprimir, sino que también produce discursos, verdades y formas de conocimiento.
No existe conocimiento neutral: todo discurso produce efectos de poder.
Foucault sostiene que cada sociedad construye “regímenes de verdad”: sistemas que determinan qué se considera verdadero, quién tiene autoridad para hablar y qué discursos son legitimados. Por ejemplo, instituciones como la medicina, la psiquiatría o el derecho no solo describen fenómenos, sino que también clasifican, normalizan y definen lo que es sano o patológico, legal o ilegal, normal o anormal.
Así, el saber se convierte en una herramienta de control, pero también el poder se apoya en el saber para funcionar de manera eficaz. Esta relación se expresa en el concepto de “poder-saber”, que muestra cómo el poder produce subjetividades y realidades sociales a través del conocimiento. En consecuencia, analizar el poder implica también cuestionar las verdades establecidas y los discursos que organizan la vida social.
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Hannah Arendt: el poder como acción colectiva.
Hannah Arendt ofrece una perspectiva distinta y complementaria. Para ella, el poder no es ante todo control ni disciplina, sino una capacidad humana profundamente política: el poder surge cuando las personas actúan juntas.
Para Arendt, el poder no es dominación individual si no que es aquello que surge allí donde los individuos se reúnen y construyen un modo común, surge cuando las personas actúan juntas. El poder existe en el espacio público, allí donde los seres humanos hablan, deliberan y construyen un mundo común. Esto implica que el poder no pertenece a un individuo aislado, sino que es esencialmente colectivo.
A diferencia de la violencia, que puede ejercerse de manera individual o autoritaria, el poder auténtico requiere legitimidad y apoyo colectivo. No se impone simplemente: se sostiene en el consentimiento y en la acción compartida.
3.1. La violencia aparece donde el poder se ha debilitado.
Arendt distingue con fuerza poder y violencia. Para ella el poder, nace del acuerdo y la acción común, mientras que la violencia, aparece cuando el poder se debilita. De este modo es observable el hecho de que cuando un régimen necesita recurrir constantemente a la violencia, es porque ha perdido su verdadero poder.
Hannah Arendt defiende la idea de que poder y violencia no son equivalentes. La violencia es instrumental, puede imponerse por la fuerza. Mientras que el poder requiere legitimidad y apoyo colectivo.
3.2. Totalitarismo: control absoluto de la vida humana.
En su análisis del totalitarismo, Arendt muestra que estos sistemas no solo reprimen: destruyen el espacio público, eliminan la pluralidad y anulan la posibilidad de acción común.
El totalitarismo no busca solo obediencia: busca borrar la libertad misma. Es una forma extrema de dominación política que busca controlar no solo las instituciones del Estado, sino también la vida social, cultural y subjetiva de los individuos. A diferencia de las dictaduras tradicionales, que se limitan a ejercer el poder mediante la represión y la censura, el totalitarismo pretende abarcar la totalidad de la existencia humana, eliminando la pluralidad y subordinando toda esfera de la vida a una ideología única.
La destrucción del espacio público.
Hannah Arendt analizó el totalitarismo como un fenómeno característico del siglo XX, señalando que su rasgo fundamental es la destrucción del espacio público y de la acción política libre. En los regímenes totalitarios, los individuos quedan aislados, privados de vínculos comunitarios, y reducidos a masas fácilmente manipulables mediante el terror y la propaganda.
El totalitarismo no se sostiene únicamente por la violencia física, sino también por el control del pensamiento, la imposición de una verdad oficial y la eliminación de toda diferencia. Su objetivo último es producir sujetos obedientes, anulando la capacidad crítica y la libertad.
Otros autores que también estudiaron el totalitarismo.
El totalitarismo ha sido analizado por numerosos autores fundamentales del pensamiento político y social. Entre los más destacados se encuentra Hannah Arendt, quien en Los orígenes del totalitarismo estudió el nazismo y el estalinismo como formas inéditas de dominación que destruyen la pluralidad y el espacio público.
Otro autor clave es George Orwell que, aunque desde la literatura, en 1984 mostró cómo el totalitarismo controla no solo los cuerpos, sino también el pensamiento y el lenguaje.
También Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, criticó los sistemas políticos cerrados que conducen a formas totalitarias al suprimir la libertad crítica.
Desde la filosofía política, Claude Lefort reflexionó sobre la lógica del totalitarismo como negación de la democracia y de la división social.
Asimismo, Theodor Adorno y otros miembros de la Escuela de Frankfurt analizaron las condiciones culturales y psicológicas que permiten el surgimiento de regímenes totalitarios, especialmente en relación con la manipulación de masas.
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Dos miradas, una misma inquietud.
Aunque Foucault y Arendt parten de enfoques diferentes, ambos coinciden en algo fundamental: el poder no es solo una cuestión estatal o jurídica, sino una dimensión constitutiva de lo humano.
- Para Foucault, el poder atraviesa lo cotidiano, se infiltra en instituciones y produce subjetividades.
- Para Arendt, el poder es la posibilidad de construir un mundo común mediante la acción colectiva.
Foucault muestra el poder como estructura y disciplina; Arendt lo piensa como libertad política compartida.
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El poder en la vida cotidiana.
Estas perspectivas nos permiten comprender que el poder no está solo en los grandes gobiernos o en los líderes visibles. También se manifiesta en lo cotidiano: en las relaciones laborales, en los vínculos familiares, en la forma en que hablamos del cuerpo, en las normas sociales sobre género, éxito o normalidad, en quién tiene voz y quién es silenciado.
De este modo el poder se ejerce incluso cuando no se nombra.
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¿Qué hacer frente al poder? ¿Es posible pensar el poder para no ser gobernado sin saberlo?
Reflexionar sobre el poder es una tarea crítica y necesaria. Permite reconocer sus mecanismos, cuestionar lo que parece natural y defender espacios donde la acción colectiva y la libertad puedan existir. Porque el poder no es solo aquello que oprime: también es aquello que organiza, produce y posibilita. Comprender el poder, como enseñan Foucault, Arendt, entre otros autores también mencionados, es comprender cómo se construye la vida social y cómo podría transformarse.
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La mirada psicoanalítica: poder, deseo y subjetividad.
Si Foucault muestra cómo el poder produce subjetividades desde las instituciones, y Arendt lo piensa como acción política colectiva, el psicoanálisis introduce otra dimensión: el poder como fuerza inscrita en el deseo, en el inconsciente y en la constitución del sujeto.
El poder no es solo social: también es psíquico.
7.1. Freud: autoridad, ley y conflicto psíquico.
Freud mostró que la subjetividad no se constituye en un vacío, sino en un entramado de prohibiciones, mandatos y figuras de autoridad. En textos como Tótem y tabú o El malestar en la cultura, Freud plantea que la cultura se funda sobre una renuncia pulsional de modo que, para vivir en sociedad, el sujeto debe aceptar límites. Así, la ley no es solo externa: se interioriza como superyó. ¿Qué se puede y qué no se puede? ¿Qué se debe y que no se debe? El poder más profundo es el que habita dentro del sujeto como mandato y culpa.
El psicoanálisis añade esa dimensión crucial: el poder se internaliza en la subjetividad. Freud mostró que la vida psíquica se estructura alrededor de prohibiciones y figuras de autoridad. El superyó internaliza la ley y la autoridad, produciendo culpa y autocensura; de este modo, el individuo cumple normas incluso sin vigilancia externa. Esta internalización reproduce la coerción social en la mente, haciendo al sujeto partícipe de su propia dominación.
7.2. Poder y subjetivación: producir sujetos.
Aquí se abre un puente entre Foucault y el psicoanálisis:
- Foucault habla de prácticas de subjetivación: modos históricos de producir sujetos.
- Lacan muestra que el sujeto se constituye en relación con el Otro y la ley simbólica.
El poder no solo oprime desde afuera: estructura desde adentro.
7.3. Poder contemporáneo y vigilancia digital.
Las ideas de Foucault y Freud encuentran nuevas expresiones en la era digital. Redes sociales, algoritmos y plataformas de seguimiento reproducen un panoptismo moderno: la posibilidad constante de ser observado induce autocontrol, conformidad y rendimiento.
Al mismo tiempo, el superyó contemporáneo se refleja en la autoexplotación: la presión por ser productivo, visible y exitoso refuerza el mandato de goce. La combinación de vigilancia externa e interna produce sujetos hiperdisciplinados, evaluando constantemente su desempeño y deseando reconocimiento.
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Conclusión final.
El poder no es solo dominación externa; es producción de subjetividades, regulación de deseos y construcción de verdades. Totalitarismo, vigilancia, disciplina, saber, superyó y goce son facetas de un fenómeno que atraviesa lo social y lo psíquico. La resistencia requiere un doble esfuerzo: político, defendiendo la acción colectiva y la pluralidad; y subjetivo, cuestionando la voz interna que obliga a cumplir y gozar según normas externas. Solo así se puede recuperar la capacidad de decidir, actuar y desear libremente.
Escrito por: Rocío Mallo. Psicóloga y psicoterapeuta. Equipo Clínico de Psicoafirma.
Bibliografía breve recomendada
Foucault, M. Vigilar y castigar.
Arendt, H. La condición humana.
Arendt, H. Sobre la violencia.
Freud, S. El malestar en la cultura.

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