Los propósitos de año nuevo ¿Son una verdadera fuente de motivación?

Comienza el 2026 y todo el equipo de Psicoafirma os desea un próspero año nuevo. Cada inicio de año viene marcado por los tradicionales propósitos de año nuevo. ¿Es el comienzo de año motor suficiente para lograr dichos propósitos? Dedicamos el presente artículo al tema de la motivación. ¿Qué cuenta la psicología de la motivación? ¿Cómo explica el psicoanálisis la motivación?

Motivación ¿Qué te impulsa a actuar según la psicología?

La motivación es una de las preguntas centrales de la psicología: ¿por qué hacemos lo que hacemos?, ¿Qué nos impulsa a iniciar, sostener o abandonar una conducta? Desde estudiar para un examen hasta cambiar de hábitos o perseguir un proyecto personal, la motivación está presente en casi todos los ámbitos de la vida. Sin embargo, no es una fuerza simple ni única, sino un fenómeno complejo que ha sido explicado desde distintas corrientes psicológicas a lo largo del tiempo.

Lejos de reducirse a la voluntad o al “querer es poder”, la psicología muestra que la motivación depende de factores biológicos, cognitivos, emocionales, sociales y contextuales. Comprenderla permite no solo mejorar el rendimiento, sino también adoptar una mirada más realista y menos culpabilizante sobre las dificultades para avanzar.

Las primeras teorías: impulso y necesidad.

Las primeras explicaciones psicológicas de la motivación estuvieron fuertemente influenciadas por la biología. A comienzos del siglo XX, teorías como la del impulso planteaban que las conductas están motivadas por la necesidad de reducir estados de desequilibrio interno, como el hambre, la sed o el cansancio. Según esta visión, actuamos para volver a un estado de equilibrio fisiológico.

Aunque estas teorías resultan limitadas para explicar conductas complejas, como el deseo de aprender o crear, sentaron las bases para entender que la motivación tiene un componente corporal y no es puramente mental. Hoy se sabe que factores neurobiológicos, como los sistemas de recompensa del cerebro, desempeñan un papel clave en el inicio y mantenimiento de la conducta.

La motivación como aprendizaje.

El conductismo, representado por autores como B. F. Skinner, propuso que la motivación puede entenderse a partir de las consecuencias de la conducta. Desde este enfoque, tendemos a repetir aquellas acciones que han sido reforzadas positivamente y a evitar las que han sido castigadas. La motivación, entonces, no se ubica dentro del sujeto, sino en el ambiente.

Si bien esta perspectiva ha sido criticada por su reduccionismo, sigue siendo influyente en contextos educativos y laborales, donde el uso de recompensas, incentivos y feedback busca aumentar la motivación. Sin embargo, la psicología contemporánea reconoce que las recompensas externas pueden ser efectivas a corto plazo, pero insuficientes para sostener la motivación en el tiempo.

Motivación y cognición: el papel de las creencias.

Con el giro cognitivo en psicología, la motivación comenzó a explicarse en términos de pensamientos, expectativas y creencias. Teorías como la de la expectativa-valor sostienen que las personas se motivan cuando creen que pueden lograr una meta y consideran que ese logro es valioso.

Desde esta perspectiva, la motivación depende en gran medida de cómo interpretamos nuestras experiencias. La percepción de autoeficacia, es decir, la creencia de ser capaz de realizar una tarea, influye directamente en el esfuerzo, la persistencia y la resiliencia frente a las dificultades. Cuando alguien se desmotiva, muchas veces no es por falta de interés, sino porque anticipa el fracaso o duda de sus propias capacidades.

Motivación intrínseca y extrínseca.

Uno de los aportes más influyentes de la psicología contemporánea es la distinción entre motivación intrínseca y extrínseca. La motivación intrínseca se refiere a realizar una actividad por el placer, el interés o la satisfacción que genera en sí misma. La motivación extrínseca, en cambio, está orientada a obtener una recompensa externa o evitar un castigo.

Numerosos estudios muestran que la motivación intrínseca se asocia con mayor bienestar, creatividad y persistencia. Sin embargo, ambas formas de motivación suelen coexistir. El desafío no es eliminar los incentivos externos, sino evitar que desplacen por completo el interés genuino por la actividad.

La teoría de la autodeterminación.

La teoría de la autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, propone que la motivación óptima surge cuando se satisfacen tres necesidades psicológicas básicas: autonomía, competencia y vinculación. Sentirse libre para elegir, capaz de afrontar desafíos y conectado con otros favorece una motivación más sostenible y saludable.

Desde esta perspectiva, la desmotivación no es un defecto individual, sino la consecuencia de contextos que restringen la autonomía, genera sensación de incompetencia o aíslan al sujeto. Esta teoría ha tenido un gran impacto en ámbitos como la educación, el trabajo y la psicología del deporte.

Emoción, sentido y contexto.

La psicología actual reconoce que la motivación está profundamente ligada a las emociones y al sentido que atribuimos a nuestras acciones. No basta con saber qué hacer; es necesario que esa acción tenga significado. Cuando una actividad se percibe como vacía o desconectada de los valores personales, la motivación tiende a disminuir.

Además, el contexto social y cultural influye de manera decisiva. Expectativas familiares, normas sociales, condiciones económicas y experiencias previas moldean lo que una persona considera deseable o posible. La motivación, por tanto, no es solo un proceso interno, sino también relacional y contextual.

Una mirada integradora.

Desde la psicología contemporánea, la motivación se entiende como un proceso dinámico y multifactorial. No existe una fórmula única que funcione para todos, ni una motivación constante e inagotable. Habrá momentos de impulso y momentos de pausa, avances y retrocesos.

Adoptar una mirada psicológica sobre la motivación implica dejar de exigirnos un rendimiento permanente y comenzar a preguntarnos qué condiciones internas y externas favorecen nuestro compromiso con aquello que hacemos. Comprender cómo funciona la motivación no garantiza el éxito, pero sí permite relacionarnos con nuestras dificultades de una manera más comprensiva y realista.

En definitiva, la motivación no es solo lo que nos empuja a actuar, sino también un reflejo de cómo pensamos, sentimos y nos vinculamos con el mundo que habitamos.

Decálogo de la motivación:

  1. Significado. Las personas se motivan cuando lo que hacen tiene un significado para sí mismas.
  2. Deseo. La motivación nace del interés genuino, no solo de la obligación. Aquello que conecta con lo que uno quiere y no solo con lo que uno “debe”, tiene mayor fuerza.
  3. Autonomía. Sentir que se elige, aunque sea en parte, lo que se hace aumenta el compromiso. La imposición constante debilita la motivación.
  4. Objetivos realistas. Percibir que se es capaz y que se puede mejorar impulsa a seguir adelante. La motivación crece cuando el desafío es posible, no cuando resulta inalcanzable.
  5. Progreso. Ver avances, aunque sean pequeños, refuerza el deseo de continuar. La sensación de estancamiento suele ser una fuente importante de desmotivación.
  6. Reconocimiento. Ser vistos y valorados por otros fortalece la implicación. El reconocimiento no es solo elogio, sino también atención y respeto.
  7. Vínculo. La motivación se sostiene mejor cuando hay otros implicados. Sentirse acompañado y parte de algo mayor da fuerza en los momentos difíciles.
  8. Coherencia. La motivación es mayor cuando lo que se hace está alineado con los valores propios. La incoherencia interna desgasta y genera resistencia.
  9. Emoción. La motivación no es solo racional: entusiasmo, curiosidad y hasta el miedo pueden movilizar. Ignorar lo emocional empobrece el impulso.
  10. Respeta tus tiempos. La motivación no es infinita. Respetar el descanso, las pausas y los límites personales permite sostener el deseo en el tiempo.

 

Motivación: una lectura psicoanalítica del deseo que nos mueve.

En la vida cotidiana se suele entender la motivación como una fuerza interna que impulsa a la acción: tener ganas, energía o determinación para alcanzar un objetivo. Algunos lo relacionan con la voluntad, la fuerza de carácter o con tener las metas claras.

Desde esta perspectiva, la falta de motivación se vive como un problema individual, una carencia que habría que corregir mediante técnicas, hábitos o mayor fuerza de voluntad. Sin embargo, el psicoanálisis propone una lectura distinta y más compleja: lo que mueve, y también lo que detiene, no depende únicamente de decisiones conscientes, sino de dinámicas inconscientes ligadas al deseo, al conflicto psíquico y a la historia singular de cada sujeto.

Más allá de la voluntad consciente.

El psicoanálisis, inaugurado por Sigmund Freud a comienzos del siglo XX, cuestiona la idea de que el ser humano sea plenamente dueño de sus actos. Freud introduce una ruptura fundamental: no siempre hacemos lo que queremos, ni queremos lo que creemos querer. La motivación, desde esta perspectiva, no puede entenderse solo como un acto voluntario, sino como el resultado de fuerzas psíquicas en tensión.

Freud plantea que la vida psíquica está regida por pulsiones, es decir, empujes internos que buscan satisfacción. Estas pulsiones no son motivaciones en el sentido moderno del término, pero sí constituyen su base más primitiva. Comer, amar, crear, competir o incluso destruir son expresiones complejas de estas fuerzas pulsionales que buscan descarga y placer, aunque no siempre de manera directa o consciente.

Así, una persona puede desear cambiar de trabajo, iniciar un proyecto o estudiar una carrera, pero al mismo tiempo experimentar una fuerte desmotivación, procrastinación o angustia. Desde el psicoanálisis, esto no se explica como “falta de ganas”, sino como la expresión de un conflicto inconsciente: algo del deseo empuja hacia adelante, mientras otra parte del psiquismo resiste.

Conflicto psíquico e inhibición.

En Inhibición, síntoma y angustia (1926), Freud describe cómo la inhibición puede afectar funciones como el trabajo, el estudio o la creatividad. En estos casos, la falta de motivación no es accidental: cumple una función defensiva frente a una angustia inconsciente. El sujeto se frena para evitar un conflicto mayor, aunque el precio sea el estancamiento o el malestar.

Desde esta mirada, la desmotivación puede ser entendida como un compromiso psíquico: algo se detiene para que otra cosa no irrumpa. Esto resulta especialmente relevante en una cultura que exige rendimiento constante y tiende a patologizar cualquier pausa o dificultad para avanzar.

Deseo, falta y motor del sujeto (la motivación).

Uno de los aportes centrales del psicoanálisis, especialmente desarrollado por Jacques Lacan, es la idea de que el deseo no equivale a una necesidad ni a un objetivo concreto. El deseo surge de la falta y nunca se satisface por completo. Esto tiene consecuencias importantes para pensar la motivación.

En la lógica contemporánea, muchas propuestas de autoayuda prometen motivación constante, claridad absoluta de metas y satisfacción plena al alcanzarlas. El psicoanálisis, en cambio, introduce una mirada más compleja: incluso cuando logramos aquello que creíamos querer, algo del empuje se pierde, se desplaza o se transforma. No porque hayamos fallado, sino porque el deseo humano no se agota en los objetos que lo encarnan.

Desde este enfoque, la motivación no es un recurso ilimitado ni estable, sino un movimiento fluctuante, atravesado por la historia personal, las identificaciones y los mandatos inconscientes. A veces, la desmotivación no indica desinterés, sino un conflicto entre lo que el sujeto desea y lo que cree que “debería” desear.

El superyó y la motivación por obligación.

Otro concepto clave para entender la motivación desde el psicoanálisis es el superyó.  Freud introduce el concepto de superyó en El yo y el ello (1923) para dar cuenta de una instancia psíquica que encarna las normas, prohibiciones e ideales internalizados. Esta instancia psíquica se forma a partir de las figuras parentales y las normas culturales, y funciona como una voz interna que ordena, exige y juzga. Muchas motivaciones no surgen del deseo, sino del imperativo: “tengo que lograrlo”, “debo rendir”, “no puedo fallar”, etc.

Paradójicamente, cuanto más rígida es esta motivación superyoica, más probable es que aparezca la inhibición, el agotamiento o el sabotaje. El sujeto intenta responder a ideales demasiado elevados o ajenos a su deseo, lo que genera culpa y angustia. En estos casos, la falta de motivación no es pereza, sino una forma de resistencia frente a una exigencia vivida como opresiva.

El psicoanálisis permite diferenciar entre una motivación que surge del deseo, siempre imperfecta, pero vital, y una motivación sostenida únicamente por la obligación, que suele ser frágil y costosa a nivel psíquico.

Síntomas, repetición y desmotivación: sabotaje inconsciente.

Otro aporte freudiano clave para comprender la motivación es el concepto de compulsión a la repetición, desarrollado en Más allá del principio del placer (1920). Freud observa que los sujetos tienden a repetir experiencias dolorosas o fracasos, incluso cuando estos van en contra de su bienestar consciente.

En términos motivacionales, esto puede manifestarse como abandono reiterado de proyectos, procrastinación crónica o bloqueos que aparecen justo antes de alcanzar una meta. El psicoanálisis no busca eliminar rápidamente estos obstáculos, sino escuchar qué historia se repite allí, qué escena inconsciente se pone en juego y qué lugar ocupa el sujeto en ella. La mirada psicoanalítica interpreta estos fenómenos como mensajes de la lógica inconsciente siendo éste el punto clave desde el que resolver el síntoma para lograr el cambio. Puesto que, de lo contrario, queda puesta en marcha la compulsión a la repetición.

Freud habló de la compulsión a la repetición para describir la tendencia a reencontrarse una y otra vez con situaciones que generan malestar. Una persona puede desmotivarse sistemáticamente justo cuando está cerca de alcanzar una meta, repitiendo una escena inconsciente ligada al fracaso, la pérdida o el castigo. Entender estas repeticiones permite que la motivación deje de ser una lucha constante contra uno mismo y se transforme en un proceso más consciente y singular.

La motivación en el proceso terapéutico.

En el marco del psicoanálisis, la motivación no se trabaja imponiendo objetivos externos ni recetas universales. El foco está en la palabra del sujeto: qué dice de su falta de motivación, qué sentido tiene para él, qué historia se juega en ese obstáculo. Muchas veces, el análisis no “motiva” en el sentido clásico, sino que permite desarmar los impedimentos inconscientes que bloquean el deseo.

A medida que el sujeto se apropia de su historia y reconoce los mandatos que lo habitan, puede surgir una forma distinta de motivación: menos idealizada, más acorde a sus límites y posibilidades. No se trata de estar motivado todo el tiempo, sino de poder sostener un deseo propio, incluso con dudas, ambivalencias y pausas.

Una mirada menos culpabilizante.

Pensar la motivación desde el psicoanálisis implica también una posición ética: dejar de culpabilizar al sujeto por no rendir, no avanzar o no cumplir expectativas. La desmotivación no es un defecto moral, sino un fenómeno psíquico con sentido. Escuchar ese sentido puede abrir caminos más genuinos que cualquier técnica de estimulación externa.

En un contexto social que exige productividad constante y entusiasmo permanente, el psicoanálisis ofrece una mirada contracultural: reconoce el valor de la falta, del conflicto y del tiempo subjetivo. La motivación, lejos de ser una consigna universal, es una construcción singular, atravesada por el deseo y la historia de cada quien.

 

Escrito por: Rocío Mallo, Psicóloga y Psicoterapeuta del Equipo Clínico de Psicoafirma. 

Bibliografía

Freud, S. (1917). Introducción al psicoanálisis. Obras completas, Amorrortu.

Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Obras completas, Amorrortu.

Freud, S. (1923). El yo y el ello. Obras completas, Amorrortu.

Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. Obras completas, Amorrortu.

 

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