Violencia: comprender un fenómeno complejo.

La violencia es una de las realidades más antiguas y persistentes de la humanidad. Aparece en diferentes formas y contextos: desde la agresión física hasta la violencia psicológica, pasando por la estructural, la política o la simbólica. Aunque se suele asociar con actos extremos como las guerras, asesinatos o delitos, también puede estar presente en interacciones cotidianas, a veces de manera sutil y normalizada.

Con el fin de poder comprender lo complejo del fenómeno de la violencia, en el presente artículo se expone una descripción profunda de la misma, aportando dos enfoques esenciales como lo son el de la Psicología y el del Psicoanálisis.

¿Qué se entiende por violencia?

La Organización Mundial de la Salud define la violencia como el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo, que cause o tenga altas probabilidades de causar daño. Ese daño puede ser físico, psicológico, sexual, económico o social.

Esto significa que la violencia no se limita a los golpes: también incluye humillaciones, discriminación, abandono, explotación o dinámicas que impiden a una persona desarrollar su vida con dignidad.

Raíces psicológicas de la violencia.

La psicología ha intentado explicar por qué surge la violencia. Entre las explicaciones más destacadas se encuentran:

  • Factores biológicos y emocionales: niveles altos de impulsividad, frustración no gestionada, o dificultades en la autorregulación emocional pueden aumentar la probabilidad de conductas violentas.
  • Aprendizaje social: la violencia también se aprende. Crecer en entornos donde la agresión se normaliza o se utiliza como forma de resolver conflictos incrementa la probabilidad de reproducirla.
  • Dinámicas de poder: la violencia suele estar ligada al control, la dominación y la necesidad de imponer la propia voluntad sobre otros.
  • Heridas psíquicas: experiencias tempranas de maltrato, abandono o falta de contención emocional pueden dejar cicatrices que, en ocasiones, se traducen en actos violentos como un intento de gestionar un dolor interno no elaborado.

Consecuencias visibles e invisibles.

La violencia no solo lastima a la víctima inmediata; también impacta en el entorno y en el tejido social. A nivel psicológico, las secuelas incluyen ansiedad, depresión, dificultades de confianza y apego, o incluso síntomas de estrés postraumático. En las comunidades, genera miedo, desconfianza y la reproducción de un círculo de agresión.

Una mirada psicoanalítica de la violencia.

Desde las guerras más devastadoras hasta los gestos cotidianos de hostilidad, acompaña al ser humano como un destino inevitable. Pero ¿qué significa, en términos psíquicos, la violencia? ¿De dónde proviene esa fuerza que rompe los lazos, hiere cuerpos y fractura vínculos?

El psicoanálisis, desde sus orígenes, ha intentado dar respuesta a estas preguntas. No para justificar la violencia, sino para comprender su lógica inconsciente y abrir la posibilidad de transformarla.

Freud y la pulsión de agresión.

Sigmund Freud fue uno de los primeros en situar la violencia en el corazón mismo de la vida psíquica. Tras el impacto de la Primera Guerra Mundial, escribió Más allá del principio de placer (1920), donde propuso que, junto a la pulsión de vida (Eros), habita en nosotros una pulsión de muerte (Thanatos). Esta fuerza inconsciente nos empuja a la agresión, la destrucción y, en última instancia, a la disolución.

Freud ilustraba este conflicto en El malestar en la cultura (1930), donde reconocía que la civilización misma se funda en un pacto para contener la violencia. Pero esa represión genera resentimiento, odio y hostilidad hacia los otros.

La historia parece dar cuenta de su discurso: los campos de batalla del siglo XX y XXI, desde Verdún pasando por Hiroshima y hasta la invasión de Ucrania y la guerra en Gaza, muestran la magnitud que puede alcanzar la pulsión destructiva cuando escapa a los límites culturales.

Agresividad y espejo: Lacan y la dimensión imaginaria.

Jacques Lacan llevó más lejos esta reflexión. En su teoría del estadio del espejo, explicó que el yo surge de una identificación con la imagen del propio cuerpo reflejado. Pero esa unidad es ilusoria: detrás de la imagen integrada late la experiencia de fragmentación.

De aquí brota la agresividad: el otro es a la vez semejante y rival, espejo y amenaza. En los celos infantiles, en la rivalidad fraterna o en la competencia escolar se percibe esa tensión originaria.

La cultura lo ha representado en múltiples formas. Pensemos en Caín y Abel, primer relato bíblico de un fratricidio, donde la violencia surge del reconocimiento y la rivalidad. O en los mitos griegos, donde hermanos como Eteocles y Polinices se destruyen mutuamente en Las Siete contra Tebas. La literatura refleja la verdad psíquica señalada por Lacan: lo más próximo puede volverse lo más hostil.

El superyó: violencia internalizada.

La violencia no se expresa siempre hacia fuera. Freud descubrió que el superyó, esa instancia que interioriza las normas y prohibiciones, puede volverse cruel y castigador. La autocrítica feroz, la culpa excesiva, la autoexigencia implacable: todas son formas de violencia dirigida contra uno mismo.

En la cultura, esto se refleja en personajes atormentados por su conciencia moral. Pensemos en Crimen y castigo de Dostoievski: Raskólnikov no es destruido solo por la ley externa, sino por la implacable condena de su propio superyó.

El psicoanálisis muestra que, muchas veces, lo que llamamos depresión o inhibición está sostenido por esta violencia silenciosa que no golpea cuerpos, pero erosiona desde dentro.

Violencia y vínculo social.

Freud advertía en El malestar en la cultura (1930) que la convivencia humana requiere renunciar a la satisfacción inmediata de las pulsiones. Pero esa renuncia genera hostilidad. Allí donde la cultura prohíbe, también incuba violencia.

El siglo XX y lo que acontece en el XXI son ejemplos dolorosos. Las revoluciones, las dictaduras, el genocidio, los campos de concentración: expresiones colectivas de la violencia que no se reduce a individuos aislados, sino que se organiza socialmente.

Lacan habló de la violencia del “discurso capitalista”: un modo de lazo social que promueve el consumo ilimitado y despoja de referencias simbólicas. En una sociedad que empuja al rendimiento constante, la frustración puede estallar en violencia contra uno mismo (burnout, adicciones) o contra los otros (estallidos sociales, violencia urbana).

Transmisión intergeneracional: la repetición del trauma.

El psicoanálisis ha mostrado cómo la violencia no solo se ejerce, sino que se transmite. Freud describió la compulsión a la repetición: el sujeto reproduce escenas traumáticas en un intento inconsciente de dominarlas.

En familias marcadas por el maltrato, los hijos pueden repetir la violencia en la adultez, ya sea como víctimas o agresores. El testimonio de Primo Levi, superviviente de Auschwitz, revela cómo la violencia extrema no se extingue en el momento del acto: sus ecos se inscriben en la memoria colectiva, en el inconsciente de generaciones posteriores.

La violencia deja marcas simbólicas que viajan a través de la cultura. Pensemos en el silencio de muchas familias tras las dictaduras en América Latina: ese callar transmite a los descendientes una carga traumática que retorna en síntomas, miedos o modos de relación característicos.

La violencia se expresa en la clínica.

En la práctica clínica psicoanalítica, la violencia aparece de formas diversas:

  • Actuada: explosiones de ira, autolesiones, agresiones físicas.
  • Silenciosa: somatizaciones, inhibiciones, depresiones.
  • Relacional: hostilidad proyectada en la figura del analista, que se convierte en objeto de desafío o desprecio.

El analista no responde con contra- violencia, sino que ofrece un espacio donde esa fuerza pueda desplegarse, nombrarse y transformarse. Allí donde el paciente actúa, el psicoanálisis intenta invitar a decir: transformar el golpe en palabra, el acto en relato.

Un ejemplo paradigmático es el caso de pacientes que, tras experiencias de abuso, repiten vínculos violentos sin poder explicarse por qué. El trabajo analítico revela que no se trata de elección consciente, sino de una repetición inconsciente que necesita ser simbolizada.

Representaciones culturales de la violencia.

La cultura ha sido siempre un espejo donde la violencia se despliega y se piensa.

  • En la tragedia griega, la violencia aparece como destino inevitable: Edipo, sin saberlo, mata a su padre y se une a su madre. Aquí la violencia se liga a lo inconsciente: algo que excede la voluntad.
  • En Shakespeare, la violencia adquiere tonos pasionales: Macbeth asesina para conquistar poder, Otelo mata por celos, Hamlet duda entre el acto y la palabra. El teatro muestra la complejidad de la violencia pulsional.
  • En el arte contemporáneo, Picasso pintó Guernica como grito contra la barbarie bélica, mostrando cuerpos desgarrados que aún hoy transmiten el horror de la violencia masiva.
  • En el cine, películas como La naranja mecánica (Kubrick) ponen en escena la tensión entre el goce violento y el intento cultural de domesticarlo mediante la represión o el condicionamiento.

Cada una de estas expresiones revela que la violencia no es un fenómeno marginal: es parte del corazón de lo humano, y por eso la cultura insiste en representarla.

Violencia y época: nuevas formas.

Vivimos en una era en la que la violencia ha adoptado formas inéditas. No siempre se expresa como golpes o guerras; a menudo se manifiesta en lo virtual y lo simbólico.

El ciberacoso, los haters, las cancelaciones en redes sociales, la exposición constante al juicio de los otros: todo ello genera sufrimiento psíquico real. Es una violencia sin contacto físico, pero con efectos devastadores.

El psicoanálisis puede leer estas nuevas violencias como manifestaciones de lo que Lacan llamaba el imperativo superyoico: “¡Goza!”. En una sociedad que empuja a mostrarse, producir y consumir sin pausa, quienes no encajan en ese mandato quedan expuestos a la exclusión y la hostilidad.

La violencia en internet.

La expansión de internet y las redes sociales ha transformado la manera en que las personas se relacionan, pero también ha abierto la puerta a nuevas formas de violencia. A diferencia de la agresión física, la violencia en línea ocurre en el plano digital, aunque sus efectos emocionales y sociales son igual de profundos.

Entre las manifestaciones más comunes se encuentran el ciberacoso, los discursos de odio, la difusión no consentida de información o imágenes y el hostigamiento colectivo. Estos actos suelen aprovechar el anonimato y la rapidez con la que circula el contenido en la red, lo que amplifica el daño y dificulta su control.

El anonimato de la red transige con la violencia, puesto que no existe la censura de la moral. Este es un fenómeno que no debe pasarse por alto. Será importante promover una cultura digital responsable.

¿Existen las posibilidades de transformación?

¿Estamos condenados a la violencia? Freud fue pesimista: reconocía que la pulsión de muerte es constitutiva y que nunca desaparecerá. Sin embargo, abrió una vía: la sublimación. La energía agresiva puede canalizarse en el arte, el pensamiento, el deporte, la acción política.

El psicoanálisis apuesta por la palabra. Allí donde la violencia irrumpe como acto mudo, el análisis propone un espacio para decir, reconocer, elaborar. No se trata de eliminar la pulsión destructiva, sino de darle un lugar simbólico.

Las culturas también ofrecen salidas. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa, en lugar de sumirse en un nuevo ciclo bélico, creó instituciones de cooperación internacional. No eliminaron la violencia, pero la encauzaron en formas más reguladas.

La conclusión de la mirada psicoanalítica.

La violencia, vista desde el psicoanálisis, no es solo un accidente social ni una patología individual: es una dimensión estructural de la vida psíquica. Nace de la rivalidad, de la pulsión de muerte, de la tensión entre el yo y el otro, entre el deseo y la ley.

Comprenderla no implica justificarla, sino reconocer su lógica inconsciente para poder transformarla. Allí donde hay violencia, hay también sufrimiento, falta de palabras, exceso pulsional. El reto es dar lugar a esa energía sin negar su existencia, encauzándola en lazos simbólicos y creativos.

Hablar de violencia, entonces, es hablar de nuestra condición humana en su fragilidad y en su potencia: la capacidad de repetir la destrucción, pero también de reinventar nuestros vínculos. El desafío es transformar lo destructivo en un acto de creación, lo traumático en relato, lo violento en posibilidad de cuidado.

Lo que describe la psicología sobre la violencia.

Descripción de cinco formas de la violencia.

La psicología hace una clasificación ordenada de la violencia diferenciando el objeto de la misma. De esto obtiene los siguientes tipos de violencia.

  1. Violencia física: golpes, heridas, tortura o cualquier acción que cause daño corporal.
  2. Violencia psicológica: insultos, amenazas, manipulación, aislamiento. Puede ser invisible, pero sus efectos emocionales y sociales son profundos.
  3. Violencia estructural: desigualdades mantenidas por sistemas políticos, económicos o sociales que generan exclusión o pobreza.
  4. Violencia de género: dirigida a una persona por su sexo, identidad o rol de género.
  5. Violencia simbólica: aquella que se ejerce a través de mensajes, normas culturales o representaciones que refuerzan la desigualdad.

¿Qué factores que la alimentan?

Además, aborda aquellos factores que sabe que la alimentan, puesto que la violencia no surge de la nada, está vinculada con factores sociales, culturales, psicológicos y políticos.

  • Sociales: desigualdad, exclusión, pobreza, discriminación.
  • Culturales: creencias que legitiman la agresión o la dominación.
  • Psicológicos: dificultades en la gestión de emociones, traumas no elaborados, frustraciones.
  • Políticos: contextos de impunidad, corrupción o guerras que normalizan el uso de la fuerza.

Las grabes consecuencias.

Las huellas de la violencia van más allá de las víctimas directas. Daña comunidades enteras, perpetúa ciclos de miedo y resentimiento, y afecta la salud mental, física y social de las personas. En contextos prolongados, puede incluso condicionar generaciones, transmitiéndose de forma intergeneracional.

¿Cómo se previene?

La prevención de la violencia implica un abordaje integral en el que se debe incidir desde el ámbito de la educación, las políticas públicas, la cultura y la atención psicológica comunitaria.

  • Educación: fomentar la empatía, la resolución pacífica de conflictos y la igualdad. Aprender a reconocer, expresar y regular las emociones desde la infancia.
  • Políticas públicas: garantizar justicia, protección social y reducción de desigualdades.
  • Cultura: promover valores de respeto, cooperación y solidaridad.
  • Atención psicológica y comunitaria, espacios de apoyo terapéutico: ofrecer espacios de escucha y acompañamiento a víctimas y a quienes ejercen violencia para romper ciclos intergeneracionales.
  • Modelos de resolución de conflictos: promover formas de diálogo y negociación en lugar de la imposición y la agresión.
  • Construcción de comunidades seguras: fomentar vínculos de cuidado, respeto y solidaridad que actúen como barreras protectoras.

Una tarea colectiva.

Si bien la violencia parece una constante histórica, no es inevitable. Reconocer sus múltiples manifestaciones, hablar de ellas y promover alternativas pacíficas es un paso esencial hacia sociedades más justas y saludables.

Ésta es una tarea de todos y cada uno de los miembros de una sociedad. ¿Eres testigo de alguna de las formas de violencia descritas? ¿Conoces a alguien en riesgo de abuso, acoso o maltrato? Ayudar a que aquellos más vulnerables acudan a un profesional de la salud mental, es un paso de vital importancia en la búsqueda del alivio del sufrimiento que la violencia genera. Con el acompañamiento de un profesional de la salud mental es posible elaborar y sanar el malestar causado por la violencia. La prevención de la misma es el paso previo fundamental.

 

Escrito por: Rocío Mallo. Psicóloga y Psicoterapeuta. Equipo Clínico de Psicoafirma.

Bibliografía.

Freud, S. (1920) “Más allá del principio de placer” Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Tomo XVIII

Freud, S. (1930) “El malestar en la cultura” Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Tomo XXI

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